Atlitic

Altitic, se necesita más que dolerse, para regenerar el daño, se necesita la fuerza de una sociedad unida en un trabajo puntual para lograrlo.

Sin duda soy la radiografía interna de una especie que evoluciona dañando el entorno que habita. Una humanidad que de pronto comienza a agonizar mientras va acabando con el medio ambiente, equivocando el papel que tiene en el planeta.

En algún momento, muy al principio de los tiempos, cumplía con lo que le correspondía como especie; ser parte del ecosistema y un día decidió que era más y no conforme con eso se sintió dueño y señor, usando sus recursos a mansalva, creyéndose la premisa que Dios lo había creado todo para él.

Esta desconexión con su verdadero lugar, que si en verdad fuera ese, sería el de custodio y nada más. Usando lo que necesita y regenerando, devolviendo a la naturaleza lo que es suyo. Al no verse así, lo llevó a olvidar su grandeza y se fue volviendo un depredador que ha puesto en peligro la existencia de la vida de las demás especies, incluyendo la suya.

Pero volviendo a mí, desde hace algunos siglos, paso los años recibiendo la inmundicia, los desechos de la vida cotidiana de su especie, mientras busco cómo encontrar mi camino hacia el mar. Y ellos creen que como arrastro todo, entonces desaparece, como si fuera un acto de magia.

Antes de disolverme en el extenso océano, tiemblo de miedo; miro para atrás, resueno con cada metro recorrido, veo las cumbres y las montañas, el largo y sinuoso camino que atravieso entre el bosque y la ciudad. Entonces llegando a sus grises edificios, los tubos me constriñen mientras vierten sus desechos sobre mi y así voy arrastrando la porquería, el cochambre y el detritus que no es otra cosa que el resultado de la descomposición de una masa sólida en partículas.

Revuelta con cientos de millones de litros de hediondez al llegar, por más que intento frenarme, frente a mí hay un océano tan grande, que sé que al entrar en él, sólo puede significar desaparecer para siempre.

Y me avergüenzo, me duele saber que en su inmensidad recibirá la desconexión de los seres humanos que han construido para sí, un espacio que se vuelve consumo, bienes de servicio que terminan junto a sus heces fecales mezclado con cosas inorgánicas que tardan cientos de años en degradarse en la tierra y en el agua profunda.

Llego a mi destino dejando la huella en veneno para todas las criaturas que existen a mi paso, mi legado era llegar transparente como brotó de la tierra; cumpliendo mi destino y ahora lo cumplo en la obscuridad de una muerte lenta.

No puedo volver atrás, nadie puede hacerlo, es imposible en este tiempo que habitamos. No hay otra manera: necesito aceptar quiéen soy y así entrar en el océano, fundirme en su inmensidad y obediente seguir el curso de los acontecimientos, observando cómo va dirigiéndose al abismo.

Sé que solamente entrando en sus aguas saladas se diluirá mi miedo. Porque sólo entonces sabré que no se trata de desaparecer en el océano, sino de convertirme en él.

Fui Atlitic (lugar donde abunda el agua), nombrado por los primeros pobladores del valle de México y al llegar los españoles me bautizaron como Magdalena. Broto en el cerro de San Miguel, una zona de bosques templados que son parte de la Sierra de las Cruces. Atravesando Los Dinamos, un área protegida al suroeste de la Ciudad de México. Tengo hoy unos 20 kilómetros de longitud.

Me entubaron con la ceguera de quien no puede ver con el alma, en la década de 1930 como parte de las obras de modernización y sanidad urbana. Hoy atravieso entubado en la mayor parte, San Jerónimo Aculco, La Av. Río Magdalena, actual eje 10 Sur, San Ángel y Chimalistac (calle Paseo del Río), en la alcaldía Álvaro Obregón.

En la parte más alta de la montaña, mis aguas transparentes siguen siendo uno de los dos cursos a cielo abierto que aún subsisten, donde doy fe de lo que soy y gracias a las comunidades de la zona hoy todavía a esa altura, puedes beber de mí.

Se necesita más que dolerse, para regenerar el daño, se necesita la fuerza de una sociedad unida en un trabajo puntual para lograrlo. Una voluntad ciudadana que puede trabajar junta, dejando el lenguaje del desencanto que parece deporte nacional. Un despertar de la conciencia que encuentre el camino al corazón para darse cuenta.

Mientras el fin de su existencia sea una sociedad que busca la comodidad sin restricción, esto seguirá pasando. No solo en mis aguas, si no en el resto de las que todavía corren entre valles y montañas para terminar igual que yo, hundiéndome en el océano, avergonzadas, humilladas y con una sentencia de muerte sobre nuestros cauces.

Y pese a eso hay quienes de pronto despiertan y para aquellos que estuvieron este 27 de junio de 2021, a las orillas de Av Universidad, respondí a sus cantos, a su cariño y a su genuina intención de limpiar mis sucias aguas. Estático al principio de la jornada lleno de heces fecales estuve atento. Al canto de Armar y algunos que estaban ahí, respondí moviendo mis aguas.

Mi mensaje es; aquí estoy, los veo y los escucho. Será que se puede soñar que se puede, será que pueda volver a ser quien era.

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