Cuando había una diosa vestida de blanco.

Resulta que tuve un sueño y los míos parecen que toman vida en lo profundo de mi inconsciente.

Hace un par de milenios, hubo un tiempo en el que las plegarias humanas iban dirigidas a una divinidad que engendraba la fuerza vital. La vida pendía de la fertilidad de la tierra y la fecundidad femenina. Para estos primeros grupos humanos, la necesidad de respuestas sobre la existencia, cobró forma en la Diosa Madre, como divinidad de divinidades, y está dominaba el mundo de las sociedades agrícolas.

Observando, las culturas más antiguas encontraron que la vida surgía, se perdía y volvía a aparecer en un ciclo incesante. Le dieron sentido a la existencia con la naturaleza, se preguntaron y desarrollaron el concepto de que todos los seres vivientes, tomaban parte en el ciclo de nacimiento, muerte y regeneración.

Las estaciones del año, las distintas fases de la luna, las mareas. Cada ciclo; un pulsar de las entrañas de la vida misma. En el marco de este pensamiento animista, concluyeron que la naturaleza en su conjunto era una mujer/madre generadora de vida y crearon la gran metáfora que ha marcado el pensamiento del ser humano hasta nuestros días, transformándose con la riqueza de distintas necesidades culturales, encontrando su paso hasta convertirse en una sola deidad, un Dios en forma de hombre.

La diosa madre, estuvo presente casi con exclusividad en la mente mitológica de los seres humanos desde el 30.000 al 3000 A.C. patente en todo el arte paleolítico y neolítico a través de miles y miles de imágenes en todos los grupos humanos. Asi aparecieron la Pacha mama, Mapu, Ixchel, Coatlicue, Mawu, Isis, Nin-huarsag, Arinna, Hepat, Ishtar, Shakti, Rhea, Kubaba y Cibles entre muchas.

Para poder entender lo que sigue a continuación, fue necesario abrir una pauta introductoria. Pues resulta que tuve un sueño y los míos parecen que toman vida en lo profundo de mi inconsciente, en ese lugar donde la niebla aparece respondiendo a una experiencia diluida, ahí donde lo que entendía antes como una realidad nítida, en la humedad se cobra como imprecisa y me lleva de vuelta aquello que esta por detrás del espejo, ahí donde se anulan todas mis certezas.

Mi sueño, dibujó una mujer de pelo rojo vestida de blanco. Erguida la coloqué sobre la proa de una barca en la grandeza de un lago marcado por bosques y montañas. A brochazos la envolví en un círculo de luz que iluminaba todos los rincones a su paso.

Estaba yo en la orilla contraria hacia donde se dirigía, viéndola como hipnotizada acercarse hacia mi. Pese a estar en una especie de trance, alcance a percatarme de mi gran tamaño, mi piel blanca llena de cicatrices, mi pelo rojo y largo trenzado como el de ella. Por el tamaño de mis pies, manos trabajadas y una fíbula de bronce que detenía una capa de lana, fui descubriendo el lugar donde estaba y el cuerpo que ocupaba.

Enfrente de mí; la señora de las mareas. Una barquera que llegaba siempre un poco antes del amanecer para llevar las almas de los muertos de una orilla a otra y las lleva ahí donde ese espacio brumoso da cabida al otro mundo, donde se revela la verdad esencial, un espacio de apertura donde arriba o abajo no existe donde el mundo real y cotidiano pierde su esencia y aparece en la tercera dimensión el “alter mundus”. Un espacio de zonas liminares, de linares donde lo mítico y férico conviven con lo real y lo histórico. Miríadas de imágenes míticas que hablan de paraísos, de lugares inalcanzables, escondidos, que más que lugares son estados del ser, representados por ese yo interior que todos buscamos en nuestro camino hacia la posibilidad de trascender.

En el sueño me doy cuenta que ya no pertenezco al mundo de los mortales, estoy a punto de dejar el envase de tendones y huesos que cubre mi alma. Y sí, puedo certificar que ni la angustia, ni el miedo caben en mi. La presencia de su compañía serena lo cubre todo, es la diosa a quien gracias a su paso por el mundo griego hoy conocemos como Ariadna. Fue bastión del pueblo Celta en su tránsito por la existencia. El solo saber que al final de la vida ella estaría ahí, era fuente de gran serenidad, morir entonces no tenía los tonos lúgubres con los que la vivimos en este siglo, no había en la muerte miedo, con ella de compañía, no había nada que temer.

Mientras espero su llegada, recuerdo todo lo que su adoración dejó a su paso, trasladándose siglos después a la leyenda del rey Arturo donde en un noche de luna nueva, le ayudó a recuperar su honor, su destino y su espada.

La belleza que expide su lento paso hacia mi, renueva mi curiosidad hacia el mundo celta de donde todo, absolutamente todo se entintaba de lenguaje poético y con él, mis genes revolotean. En suelo donde este pueblo dejó su esencia, he sentido vibrar mis pies, se me ha abierto el corazón y brotó la certeza que soy parte de esa tierra y del mundo andino.

Los laberintos y espirales son mi fascinación, pero en mi sueño descubro por qué. Ariadne viene cantando y en su melodía habla del laberinto que simboliza la creación, la escalera de la sabiduría, los cambios de la fortuna. Son sus giros y movimientos constantes que hablan de las estrellas en el cielo de la noche, de las estaciones que cumplen su ciclo y regresan al punto de partida cada año como parte de una rueda gigante.