El bucle del doomscrolling o cómo la tecnología hackeó nuestra psicología

El fenómeno del doomscrolling no es un simple problema de falta de autocontrol, sino el resultado de cómo las plataformas digitales han logrado explotar mecanismos evolutivos de nuestro cerebro.

El análisis de Xataka destaca que las redes sociales funcionan bajo el principio del “refuerzo intermitente”, similar a las máquinas tragamonedas: no saber qué contenido aparecerá a continuación genera una liberación constante de dopamina que nos mantiene encadenados a la pantalla. Al combinar esto con el “scroll” infinito, que elimina cualquier señal física de parada, las aplicaciones logran que el usuario pierda la noción del tiempo y de sus propios límites biológicos.

La nota subraya que los algoritmos están diseñados para priorizar las emociones viscerales, especialmente el miedo y la indignación, ya que son las que aseguran una mayor retención. Este bombardeo de noticias negativas y estímulos fragmentados no solo eleva los niveles de cortisol y ansiedad, sino que está alterando nuestra capacidad cognitiva a largo plazo, dificultando la concentración en tareas profundas y reduciendo nuestra tolerancia al aburrimiento. En esencia, la tecnología ha convertido nuestro instinto de supervivencia el de estar alerta ante peligros en un producto comercial que alimenta una economía de la atención cada vez más agresiva.


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Entender el doomscrolling como un hackeo biológico permite despojar al usuario de la culpa y enfocarse en soluciones estructurales. La salud mental se ve comprometida no solo por el contenido que consumimos, sino por la arquitectura misma de las herramientas que usamos. Identificar estos mecanismos es el primer paso para establecer una higiene digital necesaria en un entorno diseñado para que nunca soltemos el dispositivo.

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