Casi todo el mundo ha experimentado alguna vez esa punzada aguda y repentina en las sienes tras dar un bocado a un helado o beber agua con hielo demasiado rápido.
Este fenómeno, conocido popularmente como congelación cerebral y científicamente como ganglioneuralgia esfenopalatina, es una respuesta biológica fascinante que tiene una explicación física muy clara.
El proceso comienza cuando algo muy frío entra en contacto con el paladar o la parte posterior de la garganta. Al detectar este descenso brusco de temperatura, los vasos sanguíneos que alimentan el cerebro se contraen rápidamente para evitar la pérdida de calor y, acto seguido, se dilatan con fuerza para restaurar el flujo de sangre. Esta expansión repentina aumenta la presión en las arterias cerebrales y es interpretada por el cerebro como una señal de dolor a través del nervio trigémino, el mismo que transmite las sensaciones de la cara y la boca.
Curiosamente, el dolor se siente en la frente o las sienes y no en el paladar, donde ocurre el estímulo. Esto se debe a un efecto llamado dolor referido: el cerebro se confunde al recibir una señal tan intensa y “proyecta” la molestia en una zona cercana. Los expertos señalan que, aunque es una sensación muy desagradable y a veces paralizante, el dolor de cabeza por frío es completamente inofensivo y suele desaparecer de forma natural en menos de sesenta segundos una vez que la temperatura de la boca se estabiliza.
Para evitar este inconveniente, los médicos sugieren consumir alimentos fríos de forma lenta, permitiendo que se calienten ligeramente en la parte delantera de la boca antes de tragarlos. Si el dolor ya ha aparecido, un truco eficaz es presionar la lengua contra el paladar para transferir calor corporal a la zona afectada y acelerar la recuperación de los vasos sanguíneos, poniendo fin a la punzada de forma casi inmediata.
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Investigaciones recientes sugieren que las personas que sufren de migrañas son más propensas a experimentar este tipo de dolores de cabeza por frío, lo que indica una mayor sensibilidad en su sistema vascular. Entender este mecanismo no solo ayuda a disfrutar mejor del postre, sino que aporta datos valiosos sobre cómo reacciona nuestro cuerpo ante los cambios térmicos extremos.
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