El Hospital Vall d’Hebron de Barcelona ha marcado un hito en la medicina mundial al realizar el primer trasplante de cara procedente de un donante que se acogió a la Ley de Eutanasia.
Este caso, reportado en febrero de 2026, introduce un factor inédito en la medicina de trasplantes: el tiempo. A diferencia de los trasplantes convencionales que dependen de accidentes o muertes cerebrales repentinas, la programación de la muerte asistida permitió al equipo médico planificar cada detalle de la intervención con semanas de antelación.
La beneficiaria de este procedimiento fue Carme, una mujer que en 2024 sufrió una grave infección tras la picadura de un insecto, lo que derivó en una sepsis y la necrosis de gran parte de sus tejidos faciales. Antes de la operación, Carme tenía serias dificultades para respirar, comer y comunicarse. Gracias a que la donante expresó su voluntad explícita de donar su rostro tras la eutanasia, los cirujanos pudieron utilizar tecnología de planificación virtual 3D para crear modelos digitales exactos de ambas personas y diseñar guías de corte personalizadas.
La cirugía, que duró 24 horas y movilizó a un centenar de profesionales, fue un éxito gracias a esta precisión milimétrica. Al conocer la estructura ósea y vascular de la donante con antelación, el equipo pudo realizar una reconstrucción completa que incluyó músculos, nervios y vasos sanguíneos de menos de un milímetro. Este avance no solo resalta el liderazgo de España en la donación de órganos, sino que abre un debate sobre cómo la planificación anticipada en casos de muerte asistida puede transformar radicalmente el éxito de las cirugías reconstructivas más complejas.
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La combinación de la Ley de Eutanasia y la tecnología 3D representa un cambio de paradigma en la medicina regenerativa. Mientras que en el pasado los trasplantes faciales eran operaciones de extrema urgencia con un alto grado de incertidumbre, este caso demuestra que la “donación a la carta” permite optimizar la compatibilidad y los resultados estéticos y funcionales. La generosidad de la donante ha permitido que una paciente recupere no solo sus funciones vitales, sino también su identidad y vida social.
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