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El rechazo a comer insectos tiene raíces biológicas

Un estudio sugiere que la aversión de muchos europeos hacia los insectos como alimento podría estar relacionada con la evolución y no únicamente con factores culturales.

Aunque alrededor de 2 mil millones de personas en el mundo consumen insectos de forma habitual, especialmente en regiones tropicales de Asia, África y América Latina, en Europa esta práctica sigue generando rechazo. Ahora, una investigación internacional apunta a que esta diferencia podría tener una explicación biológica que se remonta miles de años atrás.

Los científicos analizaron restos de sarro dental de 745 humanos modernos, varios neandertales y denisovanos, además de muestras procedentes de gorilas y chimpancés. Gracias a técnicas avanzadas de análisis genético, pudieron rastrear restos de más de 10 mil especies de insectos y reconstruir parte de la dieta de estos individuos.

Los resultados mostraron que los humanos que habitaron el norte de Eurasia apenas consumían insectos y que, cuando aparecían restos de estos en los dientes, probablemente se trataba de una ingestión accidental. En contraste, las poblaciones humanas de regiones tropicales han mantenido históricamente una mayor relación con la entomofagia, es decir, el consumo de insectos.

La investigación también encontró diferencias genéticas relacionadas con la digestión de la quitina, el principal componente del exoesqueleto de los insectos. Las poblaciones cercanas al ecuador presentan una mayor frecuencia de variantes genéticas que facilitan la descomposición de esta sustancia, mientras que estas características son menos comunes en las personas que habitan regiones templadas y frías.

Según los autores, esta diferencia pudo originarse porque en las zonas tropicales los insectos son mucho más abundantes y constituyen una fuente importante de proteínas, mientras que en las regiones del norte su consumo no ofrecía una ventaja suficiente para que la evolución favoreciera esas adaptaciones digestivas.

Sin embargo, otros especialistas consideran que el factor cultural también desempeñó un papel importante. En la antigua Roma, por ejemplo, algunos insectos eran consumidos como manjares por las clases acomodadas. Con el paso de los siglos, especialmente durante la Edad Media, los insectos comenzaron a asociarse con la suciedad, la descomposición y la pobreza, consolidando el rechazo que todavía existe en gran parte de Occidente.

Expertos en nutrición y sostenibilidad recuerdan que los insectos son ricos en proteínas, seguros para el consumo y generan un menor impacto ambiental que muchas fuentes tradicionales de origen animal. Sin embargo, reconocen que el principal obstáculo para su aceptación sigue siendo el asco, una reacción emocional difícil de modificar mediante argumentos racionales.

Los investigadores concluyen que la resistencia de los europeos a incorporar insectos en su dieta no se debe únicamente a costumbres adquiridas, sino a una combinación de historia, evolución y emociones que se ha desarrollado durante miles de años.

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