Cambiarse de ropa inmediatamente después de terminar la jornada laboral no es simplemente una cuestión de higiene o una manía personal, sino un proceso respaldado por la neurociencia que facilita la transición mental entre el rol profesional y la vida privada. Este hábito recurrente responde a la teoría de la cognición indumentaria, la cual sostiene que las prendas que utilizamos influyen de manera sistemática en nuestros procesos psicológicos. Al quitarnos el uniforme o la vestimenta formal, enviamos una señal directa al sistema nervioso para que reduzca su ritmo, permitiendo que el cerebro pase de un estado de alerta y productividad a uno de seguridad y relajación. Los expertos señalan que este ritual actúa como una frontera física y psicológica necesaria, especialmente en una era donde el teletrabajo ha difuminado los límites entre el hogar y la oficina.
El uso de ropa cómoda en casa, como los términos nórdicos definen con el concepto de hyggebukser, funciona como un ansiolítico natural al proporcionar un descanso al yo adulto responsable. La ciencia explica que la ropa tiene un significado simbólico y una experiencia física que, al combinarse, activan estados emocionales específicos; por ello, mantener los mismos vaqueros del trabajo mientras se cena impide una desconexión real del estrés laboral. Además, realizar este cambio de vestimenta se considera un ritual de paso que ayuda a recuperar la sensación de control sobre el tiempo personal, combatiendo la fatiga cognitiva y reforzando la identidad individual fuera del entorno productivo. Ignorar esta transición puede llevar a una sensación de monotonía y agotamiento emocional al no permitir que los biorritmos se ajusten adecuadamente al descanso necesario para la salud mental.
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