
La prolongada guerra con Irán y la pérdida de confianza de países aliados ponen en duda el papel de Washington en la región
Estados Unidos podría reducir su papel como potencia dominante en Medio Oriente después de décadas de mantener una presencia militar y estratégica predominante en la región, de acuerdo con un análisis publicado por The Economist y retomado por La Jornada.
El análisis señala que la prolongada guerra entre Estados Unidos e Irán ha elevado los costos para los aliados de Washington en el Golfo y provocado una crisis energética internacional. Las conversaciones indirectas entre ambos países no han registrado avances suficientes para poner fin al conflicto, mientras continúan las presiones económicas y militares.
Desde 1991, Medio Oriente se convirtió en una prioridad estratégica para Estados Unidos, con objetivos relacionados con el suministro de petróleo, la protección de Israel, la presencia de bases militares y la contención de grupos yihadistas. Sin embargo, las intervenciones y operaciones realizadas en países como Irak, Libia, Siria y Yemen no produjeron el orden regional que Washington buscaba, según el análisis.
La guerra con Irán habría incrementado además las dudas entre los aliados árabes sobre la capacidad de Estados Unidos para garantizar su seguridad. Arabia Saudita, Qatar y otros países del Golfo han enfrentado daños a infraestructura, afectaciones a las exportaciones de petróleo y gas y repercusiones en el turismo, mientras varias instalaciones militares estadounidenses fueron atacadas durante el conflicto.
Otro de los factores señalados es la dificultad para garantizar la seguridad del transporte marítimo y energético en la región. La situación también permitió la reactivación de los hutíes en Yemen y aumentó la presión sobre el suministro mundial de energía.
El análisis plantea que Washington podría reducir su presencia militar permanente en Medio Oriente, aunque conservaría intereses estratégicos, ventas de armas, acuerdos comerciales y operaciones contra organizaciones consideradas terroristas.
Una eventual disminución de la presencia estadounidense no implicaría necesariamente que otra potencia ocupara de inmediato ese espacio. El análisis considera que Europa carece actualmente de capacidad suficiente para asumir ese papel, mientras Rusia mantiene una fuerte concentración de recursos en Ucrania y China no cuenta con experiencia reciente en operaciones militares de gran escala fuera de sus fronteras.
Ante ese escenario, los países de Medio Oriente, particularmente Arabia Saudita y otros integrantes del Golfo, podrían asumir una mayor responsabilidad en materia de seguridad y buscar nuevos acuerdos militares y proveedores de armamento.
El análisis también identifica a Irán, Israel y Turquía como actores con capacidad militar y diplomática para influir en el equilibrio regional, aunque ninguno tendría por sí solo la capacidad para establecer un nuevo orden en Medio Oriente.
El escenario planteado apunta así hacia una región con varios centros de poder, alianzas cambiantes y acuerdos de seguridad establecidos directamente entre los países involucrados. La eventual reducción de la presencia militar estadounidense modificaría una estructura regional que Washington ha encabezado durante décadas.
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