Un reciente estudio internacional ha cambiado radicalmente la forma en que entendemos nuestra exposición al glifosato, el herbicida más utilizado del mundo.
Hasta ahora, las autoridades sanitarias se basaban principalmente en análisis de orina para medir la presencia de este químico en el cuerpo humano, pero la investigación revela que esto era solo la punta del iceberg. Los nuevos hallazgos demuestran que las heces son una “caja negra” mucho más precisa, revelando niveles de exposición significativamente más altos de lo que indicaban las estadísticas oficiales.
La razón es biológica: el glifosato tiene una baja tasa de absorción intestinal. Esto significa que no atraviesa fácilmente la pared del intestino hacia la sangre (de donde pasaría a los riñones y luego a la orina), sino que el 90% se queda en el tracto digestivo y se expulsa a través de las heces. Al detectarse en el 71% de las muestras europeas y en el 100% de las argentinas analizadas, queda claro que el químico pasa mucho más tiempo en contacto directo con nuestro sistema digestivo del que se pensaba, lo que obliga a replantear los límites de seguridad actuales.
Este contacto prolongado preocupa a la comunidad científica no solo por su toxicidad directa, sino por su impacto en la microbiota intestinal. El glifosato puede actuar como un antibiótico selectivo, alterando el equilibrio de las bacterias beneficiosas y favoreciendo la proliferación de patógenos. Además, está catalogado como probablemente carcinogénico y puede actuar como disruptor endocrino. Para minimizar la exposición, los expertos recomiendan evitar cereales ultraprocesados y priorizar productos locales de la Unión Europea o, idealmente, de origen ecológico.
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El hecho de que el estándar internacional de medición haya sido la orina durante años sugiere una subestimación sistemática del riesgo real para la salud pública. Este estudio no solo afecta a quienes trabajan en el campo, sino a cualquier consumidor habitual de productos como pasta, lentejas o cerveza. La evidencia de que el glifosato está presente en toda la cadena alimentaria, incluyendo animales de granja y mascotas, subraya la urgencia de actualizar los protocolos de vigilancia química para proteger tanto a las personas como al ecosistema global.
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