La medicina moderna se enfrenta a uno de sus mayores retos debido al uso indiscriminado y erróneo de los antimicrobianos, un fenómeno que está acelerando la aparición de bacterias capaces de resistir los tratamientos convencionales. Este problema, conocido técnicamente como resistencia antimicrobiana, surge principalmente cuando estos fármacos se utilizan para combatir infecciones virales, como la gripe o el resfriado común, frente a las cuales no tienen ninguna efectividad. Al exponer a las bacterias a dosis inadecuadas o innecesarias de medicamentos, se propicia un proceso de selección natural donde solo sobreviven los microorganismos más fuertes, que luego se multiplican y transmiten su capacidad de defensa a otras generaciones, convirtiendo infecciones anteriormente simples en condiciones potencialmente mortales.
El impacto de esta crisis se extiende mucho más allá de los casos individuales, poniendo en jaque procedimientos médicos fundamentales que hoy consideramos seguros. Sin antibióticos eficaces, intervenciones rutinarias como las cirugías mayores, las cesáreas, los trasplantes de órganos y los tratamientos de quimioterapia para el cáncer se volverían extremadamente peligrosos, ya que el riesgo de contraer una infección postoperatoria intratable aumentaría de forma exponencial. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que, de continuar esta tendencia, para el año 2050 las infecciones resistentes podrían causar hasta diez millones de muertes anuales en todo el mundo, superando incluso las cifras actuales de fallecimientos por enfermedades como el cáncer o la diabetes.
Además de la crisis sanitaria, existe una profunda preocupación por el costo económico y social que conlleva la pérdida de eficacia de estos fármacos. Las infecciones resistentes suelen requerir hospitalizaciones mucho más prolongadas, el uso de medicamentos de “último recurso” que son significativamente más caros y tóxicos, y una carga mayor para los sistemas de salud pública que ya se encuentran bajo presión. A nivel macroeconómico, se estima que esta problemática podría reducir el Producto Interno Bruto global en más de tres billones de dólares y sumir a millones de personas en la pobreza extrema debido a la pérdida de productividad laboral. La solución requiere una acción coordinada que combine la responsabilidad individual de no automedicarse con políticas globales que regulen el uso de antibióticos tanto en humanos como en la industria ganadera.




